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La idea de “Renovación” de “Los Renovadores Revolucionarios" del Partido Comunista de Chile.(1989)*

The “Renovation” idea of de “The Revolucionary Renovated” of Chilean Comunist Party. (1989)

José Ignacio Ponce López[**]

 

 

Recibido: 29 de febrero de 2012
Aprobado: 15 de junio de 2012

RESUMEN:
Nos proponemos analizar las ideas de un grupo de militantes comunistas que plantearon la “Renovación Revolucionaria” del PC en 1989. Desde un diagnóstico crítico del movimiento revolucionario, buscaron reformular los conceptos ejes del mapa mental del comunismo chileno: marxismo, socialismo, Partido y su estrategia. Con el fin de renovar a la colectividad pero sin perder su proyecto histórico de superación del capitalismo.

PALABRAS CLAVE:
Partido Comunista - “renovación revolucionaria” - marxismo - socialismo - Partido - estrategia.

ABSTRACT:
We propose to analyze the ideas of a group of communist militants who raised the "Renovation Revolutionary" in the Communist Party of Chile in 1989. From a critical assessment of the revolutionary movement, sought to reformulate the fundamental concepts of the mind map of the Chilean Communism: Marxism, socialism, the Party and its strategy. To renew the collective without losing its historical project of overcoming capitalism.

KEYWORDS:
Comunist Party - “revolucionary renovation” - marxism - socialism - Party - strategy.

1. Introducción

Hacia 1989 el Partido Comunista de Chile (PC) estaba inmerso en un complejo contexto nacional, que lo tensionaba política, cultural e identitariamente.  Bajo la Dictadura Militar de Pinochet, esta colectividad vivió un proceso de “renovación” política, el cual se materializó en su estrategia conocida como Política de Rebelión Popular de Masas (PRPM) (Álvarez, 2007, pp. 11). La cual quedó en jaque como consecuencia de la fracasada internación de armas en Carrizal Bajo y del “tiranicidio” a Pinochet, que a la postre sellaron el momento de mayor incidencia de los comunistas en el proceso de recambio político institucional de la Dictadura a los Gobiernos Concertacionistas (Corvalán, 2002, pp. 36-37). Después de este revés estratégico, el PC se sumergió en un profundo debate interno para ver cómo se adecuaba al reconfigurado escenario político que se abría en el país.

Pero el cuestionamiento de algunos de los elementos centrales de la identidad de los comunistas chilenos, se dio también por la crisis de quien se había constituido en su principal referente proyectual desde los años ‘20: la URSS (Fediakova, 2000, p. 136). Durante 1980 este país comenzó a experimentar una serie de profundas reformas estructurales conocidas como  Perestroika y Glasnot[1]. El exilio y las distintas experiencias que tuvieron los militantes del PC en los denominados “socialismos reales”, habían traído desde ya reflexiones críticas sobre el modelo de sociedad hacia al cual debía apuntar la acción revolucionaria (Álvarez, 2006, p. 142). Así, las reformas soviéticas despertaron una gran esperanza renovadora para los comunistas. Sin embargo, este proceso terminó derrumbando a la URSS, finalizando con la ilusión de “revolucionar a la revolución”.

En el marco de esta crisis política, cultural e identitaria del PC (Álvarez, 2008, pp. 64-65), apareció un grupo de militantes de la colectividad que plantearon en 1989 la necesidad de emprender una “renovación revolucionaria” del comunismo chileno. De allí, afirmamos que, al calor de dicho debate político, el problema sobre la “renovación” partidaria se constituyó en un tema central. No es menos cierto que el concepto de esta, al interior de la colectividad tuvo diversas definiciones[2], materializando perspectivas distintas a las que se consolidaron en la llamada “renovación socialista”[3]. En efecto, a la inversa de las consecuencias políticas e ideológicas que tuvo la transformación de las organizaciones no-comunistas, en el PC un sector de la militancia pretendió iniciar un proceso que implicaba transformar la acción partidaria, pero sin dejar de contar con un proyecto y estrategia de carácter revolucionario. Es así que, para diferenciarse de las transformaciones que vivían otras organizaciones de izquierda, se empezó a hablar, de esta “renovación revolucionaria”. Ante ello, trataremos de dilucidar en las siguientes páginas: ¿cuáles fueron los principales planteamientos de la llamada “renovación revolucionaria” que quiso impulsar un sector del PCch en 1989?

Planteamos como respuesta que, dicho esfuerzo teórico y político ideológico dado por algunos militantes del PC, buscaba: a) la re-formulación del marxismo, definiéndolo como teoría y práctica histórica del movimiento revolucionario, entendiéndolo así, como fenómeno histórico abierto a una constante re-elaboración, contrariamente al dogmatismo teórico que había caracterizado al PC; b) construir un Partido Político democratizado orgánicamente, donde su militancia se asumiera como “intelectual colectivo”, articulada en base a una “cultura política” polémica y crítica, en detrimento del tradicional “verticalismo” y “monolitismo” comunista; c) esta propuesta de “renovación”, a diferencia de la emprendida por la izquierda no-comunista, mantenía como apuesta la superación de capitalismo por un sistema socialista, pero democrático y pluralista; d) todo, debía desembocar en la construcción de un programa que profundizara el proceso democratizador que se iniciaba en el país y que abriera paso al nuevo proyecto con perspectiva socialista, contemplando un desarrollo dialéctico entre continuidad-ruptura del cambio social, diametralmente opuesto al evolucionismo gradualista tradicional del PC, basándose en la articulación de una hegemonía social y política, que utilizara tácticamente de manera flexible “todas las formas de lucha”, determinadas por las condiciones históricas y del desarrollo subjetivo del nuevo sujeto histórico-social revolucionario de masas por la democracia.

Para dar cuenta de esto, indagaremos sobre las principales ideas de los impulsores de esta “Renovación Revolucionaria” en el PC.

2. Los “Renovadores Revolucionarios”

Teniendo este telón de fondo, un grupo de comunistas que agrupamos bajo el rótulo de “Renovadores Revolucionarios”[4] hicieron el mayor esfuerzo teórico por dotar al PC y al conjunto de la izquierda chilena de una perspectiva de “renovación” que no renunciara a la superación del capitalismo por un sistema socialista. Pero para lograr esto, tuvieron que poner en cuestión lo que consideramos el mapa mental[5] o los principales ejes de la interpretación de la realidad para los militantes del PC: el marxismo, el Partido, el socialismo y la estrategia revolucionaria. Por ello, todo el debate que éstos impulsaron en 1989 giró en torno a estos cuatro conceptos “ejes” y referenciales del pensamiento de los comunistas chilenos.

Así, reflexionaron a su manera, sobre los mismos temas que analizaban las izquierdas socialistas chilenas (Moyano, s/rf, p. 93). Por tanto, el PC fue parte del proceso de “renovación” que experimentó el conjunto de este sector político, pero viviéndolo con características propias.

Los principales elaboradores de estas ideas fueron Manuel Fernando Contreras, Augusto Samaniego, Leonardo Navarro y Álvaro Palacios. Todos quienes, matices más o menos, compartían la necesidad de impulsar este proceso pero sin perder el sentido revolucionario del Partido. Sus planteamientos surgieron públicamente al calor del XV Congreso del PC y quedaron expresadas en un Seminario desarrollado por el Instituto de Ciencias Alejandro Lipchutz (ICAL), dependiente de la colectividad, días antes de la instancia del máximo torneo partidario. Nos extenderemos en el análisis de las ponencias de los comunistas antes mencionados que aparecen en un cuaderno de difusión sobre la actividad, llamado “Teoría e Ideal Socialista la crisis de los proyectos históricos” (VV.AA., 1989).

3. La Propuesta de “Renovación Revolucionaria”   

La propuesta de “renovación” partía de un diagnóstico sobre los “socialismos reales”, los cuales eran entendidos por Manuel Fernando Contreras, como

un sistema global de dominación en el socialismo, además de un modo de construcción del socialismo (elevado a modelo universal, por añadidura), de idea y de práctica de lo que se entiende por partido (partido comunista, por supuesto), y también –como fundamento y consecuencia- de un tipo de hacer marxismo, es decir, como teoría (Contreras, 1989a, p. 14)

Como vemos era una concepción teórica y política de cómo construir el socialismo, asimilada no sólo en los países donde estaban instalados esos regímenes, sino que también en todo el movimiento revolucionario mundial. De allí, que la crisis de los “socialismos reales” era sólo una dimensión de la crisis del movimiento revolucionario mundial.
Pero para los “Renovadores” del PC, el objetivo de los “revolucionarios” era reimpulsarlo y no desmarcarse de él.  Así, el historiador y Director del ICAL por esos años, Augusto Samaniego, ponía en el centro del debate la cuestión de la “Renovación” del PC. Según él, la superación de la crisis del movimiento revolucionario, constaba en

no sólo de romper viejos esquemas; e(ra) más profundo que eso: ha(bía) que identificar y superar aquellas fuerzas retardatarias que tienen una base objetiva en la    propia sociedad socialista, en las insuficiencias teóricas y prácticas, en el modo de existir y de actuar de los partidos políticos, incluido, por cierto, el Partido Comunista de Chile. Más, no sólo el PC; esto inclu(ía) al resto de los partidos de la izquierda que est(ban) por el socialismo en nuestro país (Samaniego, 1989, p. 10)

Por eso que para el historiador, fuera un momento donde se le planteaba un desafío vital a la humanidad entera, pero especialmente a las fuerzas revolucionarias. Por cuanto: “cre(ía) que e(ra) la totalidad de la crisis, en el capitalismo y en el socialismo, lo que involucra(ba) con más dinamismo en este desafío a nuestra izquierda. Tal es la cuestión de fondo. Las fuerzas que luchan por el socialismo en el mundo, ¿renuncian o avanzan con su proyecto revolucionario de nueva sociedad?” (Samaniego, 1989, p. 10). Esa disyuntiva, fortalecida por el proceso de “renovación” catalizado por la Perestroika Soviética, ponían en el camino de la izquierda chilena “retomar y desarrollar el marxismo como método antidogmático de desplegar el análisis de las contradicciones, de la dialéctica concreta del proceso social, económico, político y cultural” (Samaniego, 1989, p. 10). Sólo a través de esta vía, para Samaniego, se superaría “la necesidad de ‘nacionalizar’ nuestra visión y nuestra práctica del marxismo –cuestión cardinal”, para “arrib(ar) a las soluciones nacionales, que por su profundidad han de expresar necesariamente un aporte a la concepción global, a la totalidad ideo-teórica, ideo-política del socialismo. No hay otra posibilidad” (Samaniego, 1989, p. 10).

a) La re-formulación del marxismo

Profundizando esta visión de Samaniego, el otrora integrante del aparato de inteligencia del PC en Berlín y que en su reingreso al país estuviera a cargo del trabajo militar del partido en sus inicios (Álvarez, 2007, p. 485), Manuel Fernando Contreras, enfocó su análisis en la crítica a la cultura política[6] del movimiento comunista mundial. Desde esa óptica, reflexionaba sobre el “marxismo”. Rechazaba aquella interpretación que erróneamente “ca(ía) en la tentación, y eso es lo que ha(bía) sucedido en gran parte, en separar la teoría (y a los clásicos mismos) de los aplicadores del marxismo” (Contreras, 1989a, p. 13). Lo cual vinculaba “a un segundo error (tan concreto y de consecuencias tan reales como el anterior): presentar el marxismo como una teoría acabada, es decir, finita, hecha de una vez y para siempre por sus fundadores” (Contreras, 1989a, p. 13).

A partir de esta concepción, para Contreras la llamada “crisis del marxismo” era de aquella lectura que había forjado una visión acabada sobre él, era la crisis de un tipo de “marxismo”: el “marxismo-escatológico”. De tal manera, no era esta teoría en sí la que entraba en crisis, sino que una forma de entenderlo, ya que “el marxismo como teoría entra en crisis al enajenarse su rol crítico, su capacidad de autorreformulación, su capacidad y obligación de adelantarse a los hechos y poner en tensión las formulaciones de la política y de los políticos” (Contreras, 1989a, p. 14). Es decir, no son “los supuestos teóricos y metodológicos fundamentales de una teoría capaz de dar cuenta de sus propios orígenes, transformarse permanentemente y no negarse jamás a sí misma” (Contreras, 1989a, p. 14), siendo estos elementos “lo distintivo y lo superior del marxismo como teoría científica en comparación con otros cuerpos teóricos” (Contreras, 1989a, p. 14).

Para Contreras, el “marxismo-escatológico” de matriz stalinista, era “una concepción (y una práctica) que viola(ba) el fundamento mismo de la teoría marxista en tanto es, y siempre será así, una teoría en permanente construcción” (Contreras, 1989a, pp. 13-14). Por ende, esta teoría no consistiría en “un conjunto de leyes que son ilustradas por la realidad, sino (en) redescubrir tales leyes en el movimiento real, percibir los modos de su manifestación, y percibir cómo ellas mismas van cambiando” (Contreras, 1989a, pp. 13-14). Siguiendo la lógica de Contreras, “el ‘stalinismo’ (y no sólo el soviético) es una concepción teórica y una práctica política que hace omisión de la voluntad popular, de la voluntad histórica, de la volitividad de los sujetos sociales que emergen y se forman con la revolución” (Contreras, 1989a, pp. 13-14). Contrariamente a esto, a su juicio, Marx, Engels y Lenin en sus determinados contextos históricos

restituye(ron) el carácter revolucionario del marxismo en tanto lo rescata(ron) de aquellos que caen en la interpretación economicista, es decir, que lo reducen al campo de los factores puramente objetivos del cambio social y desestiman lo relativo a las condiciones del paso revolucionario y, sobre todo, dejan de lado el análisis y la organización de la voluntad histórica de las masas, del factor subjetivo en la historia (Contreras, 1989a, p. 13).

Ante lo que proponía re-formular al marxismo, para entenderlo como

las obras de los clásicos y también su actividad práctica, con sus yerros y aciertos, y lo es la actividad de todo el movimiento revolucionario, con su historia política práctica y también su historia teórica, que arranca de los clásicos, pero que no es idéntica siempre a su cuerpo original, pues se va transformando en la medida de la mutación objetiva que experimenta la realidad (Contreras, 1989a, pp. 12-13).

Así, para el antiguo encargado del Frente Cero[7], “la teoría marxista, en tanto ciencia, no tiene fin. Es, de algún modo, una teoría sin bordes, sin límites”. Mirado panorámicamente, “el marxismo es también movimiento teórico y práctico, que debe permanentemente desarrollarse en vista a ir reflejando cambios teóricos al interior del mismo cuerpo teórico, como reflejando los permanentes cambios de una sociedad en eterna transformación” (Contreras, 1989a, p. 13). Polemizando aún más, al sostener que “en tal sentido, Marx no inventa nada, sólo descubre las leyes generales que el movimiento real de la lucha de clases que su época le iba revelando” (Contreras, 1989a, p. 13).

En consecuencia, el marxismo, para él, al igual que el conjunto de los fenómenos sociales, iba superándose a sí mismo en los distintos procesos sociales, no sólo “evolutivamente”, sino que históricamente por momentos de crisis, ruptura y renovación.

Con esto, Contreras reivindica la historicidad a esta teoría, manifestándolo claramente cuando afirma que “el marxismo tiene su historia práctica y teórica. Y en su conjunto constituyeron lo que podría denominarse marxismo, es decir, movimiento real de millones de hombres y sus vanguardias desarrollando la voluntad histórica y revolucionaria” (Contreras, 1989a, p. 14).

Desde un ángulo similar, Samaniego concluía que el marxismo es “opuesto a un sistema filosófico cerrado, concibe la dialéctica materialista como ‘palanca’ para producir interminablemente nuevos conocimientos y transformar, mediante la relación práctica-teoría-práctica, el mundo” (Samaniego, 1989, p. 10).

Igualmente, Álvaro Palacios precisaba que el marxismo era un fenómeno “apropiado y producido en la actividad de las clases revolucionarias. Su desarrollo es una permanente tensión entre un instrumento científico complejo y los niveles histórico-culturales de la clase obrera y sus aliados del pueblo” (Palacios, 1989, p. 27). Por lo mismo, Palacios planteaba que “el marxismo no será nunca ‘ciencia pura’. Teoría para la acción histórica quiere decir voluntad posible, proyecto histórico, actividad creadora y transformadora, impregnación de valores y juicios, acercamientos y parcial disolución en un sentido común popular en mutación” (Palacios, 1989, p. 27). Esto implicaba reconocer que “Primero: es un resultado de la propia civilización humana en general y del desarrollo del capitalismo en particular. Así es continuidad y ruptura teórica. Segundo: vive su proceso de configuración, su propia historia, sus propias síntesis y negaciones” (Palacios, 1989, p. 27). En tanto fenómeno revolucionario, podía desarrollarse históricamente de manera dialéctica entre un proceso de continuidad-ruptura.

En relación a esto último, precisaba Augusto Samaniego sobre lo sucedido con el marxismo en Chile. Luego de realizar un análisis crítico de la historia de la izquierda nacional, indagaba en la concepción del cambio social en la teoría marxista, es decir, el concepto de revolución. Establecía que durante 1950 hasta 1970, “tal vez lo que hay, esencialmente, en común entre aquellas vertientes, es la incapacidad de superar dialécticamente la concepción evolutiva del cambio social; aunque ello se manifieste como ‘ideologismo’, o bien, como un ‘sensato pragmatismo’” (Samaniego, 1989, p. 11) lo cual reflejaba que “no hay una capacidad de ruptura y superación. Lo que prima es el abordaje no suficientemente crítico, creador y de grandes procesos históricos”. Por ello, según Samaniego, no se producía el “desmontaje de los núcleos evolucionistas que esas nuevas ideas conllevan” (Samaniego, 1989, p. 12), dándose una mera “búsqueda apresurada de nuevas bases teóricas, como ocurr(ió) respecto al antihumanismo althusseriano; la propensión a recrear concepciones rígidas que generan nuevos reduccionismos, ideologismos y economicismos” (Samaniego, 1989, p. 12), que no era sino una “visión de que ‘lo revolucionario’ es encasquetar al marxismo y el análisis político en otros manuales” (Samaniego, 1989, p. 12).

Es así que la visión del historiador estaba enfocada principalmente en la crítica al esquema “evolucionista” y “economicista” del cambio histórico que fue expresión del “marxismo” dogmático predominante en la izquierda chilena hasta ese momento. Más aún, dentro de su lectura se ve constantemente un análisis realizado desde la antípoda de dicha visión, basada en la íntima relación de la dialéctica entre continuidad, ruptura y superación en el proceso de transformación social. Para Samaniego, la izquierda necesitaba emprender una ruptura teórica-política que superara los desafíos que tenía la humanidad, lo que -como veremos más adelante- consistía en la apuesta por un Partido que se “revolucionase” a sí mismo, como sostuvo en el XV Congreso (Samaniego, 1990, p. 57). Por lo cual, la noción de revolución de Samaniego y los “Renovadores”, no concordaba con el clásico “etapismo” y “gradualismo” del PC (Corvalán, 2000, p. 228); por el contrario, era una crítica hacia él y la expresión de una concepción más radical del marxismo. Este era uno de los conceptos vitales que, según los “Renovadores Revolucionarios”, debía asumir y asimilar el Partido en su práctica política cotidiana.

Aquí, finalmente, queda clara la tesis central desarrollada por ellos, la concepción teórica evolutiva había traído errores en la estrategia y táctica política del PC. Por lo que para superar dichas falencias, se debía experimentar una transformación en el ámbito de la teoría y la práctica revolucionaria. Se germinaba así, una profunda crítica a lo que llamamos la cultura política comunista.

b) Un nuevo Partido para la Revolución

Dada las características del proceso que impulsaban los “Renovadores”, la cuestión del Partido era, quizás, la más controversial. Álvaro Palacios desde una mirada histórica sobre las insuficiencias de los Partido revolucionarios, podía constatar “como una de las grandes debilidades la extraordinaria lentitud con que se abr(ió) paso en la izquierda revolucionaria chilena una discusión más amplia sobre los elementos señalados, lo que se revierte en la eficacia de su futuro y en los problemas actuales de su identidad histórica como fuerza del progreso social” (Contreras, 1989, p. 26). Por lo mismo, sostuvo que “de alguna forma, su crítica resultó incapaz de subvertir el ideologismo de nuestra concepción, entre otras muchas causas, por el hecho de que, en importantes ocasiones, terminó siendo la antípoda directa –un reflejo invertido- de nuestros propios errores” (Contreras, 1989, p. 26). Esto mantenía, según Palacios, aún viva “una necesaria crítica a una determinada concepción de la teoría revolucionaria y, de modo inevitable también, expresarse como una crítica a las concepciones y vida práctica de la organización revolucionaria” (Contreras, 1989, p. 26), por lo cual para éste, al igual que el pensamiento de los comunistas anteriormente analizados “lo que entra en crisis es una manera de entender el marxismo y entonces necesariamente también una manera de ser marxistas” (Contreras, 1989, p. 26). Como ya hemos dicho, era la crítica hacia la forma de hacer, pensar y entender el marxismo desde el comunismo chileno, es decir, a su cultura política.

Por su parte Manuel Fernando Contreras sostenía que toda la concepción teórica antes esbozada, generó una noción de Partido autodivinizado que enajenó “toda la energía intelectual y moral desplegada por las masas” (Contreras, 1989a, p. 16). Criticaba, tenazmente, la concepción donde “el propio partido se asume asimismo como representante exclusivo y excluyente de las masas y de la clase obrera, en la Historia, una suerte de ministro –aparentemente colectivo- del sino socialista del pueblo” (Contreras, 1989a, p. 16).

Del mismo modo, este proceso de “enajenación de la voluntad colectiva se da(ba) a la par dentro del propio partido. Este deja de ser el intelectual colectivo de la revolución, capaz de dirigir e imaginar con las masas la nueva sociedad” (Contreras, 1989a, p. 16). Es más, afirmaba que “el propio partido aparece delegando sus funciones de conducción y creación en la cabeza dirigente de la organización. Y esto tiene variadísimas expresiones y consecuencias, tanto en el PCUS como en la mayoría de los partidos comunistas del mundo” (Contreras, 1989a, p. 16).

Esta especie de auto-enajenación de los sectores revolucionarios, a nivel social y partidario, traía como consecuencias que, si la teoría es acabada: a) los teóricos se convertían en meros difusores de la verdad revelada; b) pasando sólo a legitimar un orden social, por ende, buscaban construir una mera ideología, entendida como una tergiversación intencionada de la realidad; y c) quedaban así fuera de la política, porque no podían cuestionar a la realidad y la realidad no podía interpelar a la teoría.

Todo esto generaba un Partido escindido en su interior entre aplicadores y teóricos, provocando otros fenómenos nocivos como el “intelectualismo-manualista” y el “obrerismo” erigido en una especie de “instinto de clase”, el cual primaba por sobre el desarrollo del pensamiento crítico. Para Contreras “esta visión autocomplaciente v(enía) del papel mesiánico que el marxismo de librería le asigna(ba) al proletariado revolucionario” (Contreras, 1989a, p. 15).

Según el sociólogo comunista, que consideraba la división del trabajo partidario entre “teóricos” y “prácticos” como la causa principal de todas las falencias del PC, afirmaba que dicha idea se sustentaba en una visión economicista de las clases sociales, la cual dejaba de lado los fenómenos de la conciencia y la subjetividad de éstas. Los ‘teóricos’ del partido se transformaban en quienes justificaban las expresiones prácticas dirigidas por el ‘instinto de clase’ y el ‘alma partidaria’. Estos elementos, se iban fortaleciendo aún más con lo que denomina como el ‘acicate de la lucha’, que, según Contreras, desarrollaba una cohesión moral al interior de la colectividad, puesto que levanta un sistema de valores y estructura de lealtades con el partido y sus líderes. Dicho fenómeno no era negativo en sí mismo, pero si éste no iba acompañado de una teoría con sentido crítico, pasaba de ser fuerza cohesionante a coercitiva, como ocurría en la práctica de los comunistas, sostenía el director del CISPO. Así, “el partido y su unidad se fetichizan” (Contreras, 1989a, p. 15), generando el método de ‘ordeno y mando’ y de ‘escucho y obedezco’ transversalmente, desde la cúpula a la base. Para esto se requería un sistema autoritario que le diera funcionamiento a la organización, generándose así una visión donde el ‘Partido lo sabe todo’ y un ‘monolitismo’, entendido como la “unidad, o más aún, la uniformidad de pensamiento, de intereses y emociones” (Contreras, 1989a, p. 15). Cuestiones que a su juicio, se convertían en una moralidad partidaria, donde se mantenía la unidad “sobre la base de probar permanentemente que el partido es infalible y sus dirigentes son invulnerables; es la historia la que se equivoca, pero no el partido” (Contreras, 1989a, p. 15).

Siguiendo la reflexión de Contreras, esto se materializaba en una concepción estrecha de Partido y una cultura “fideísta” en “función del noble propósito de hacer la revolución” (Contreras, 1989a, p. 15), que remplazaba la voluntad histórica para hacer la revolución por el optimismo histórico de los partidos comunistas, basados en la idea de que al contar con la ‘verdad revelada’ la historia al fin y al cabo les daría la razón (Contreras, 1989a, p. 15).

Sin embargo, para él, los trabajadores no serían naturalmente revolucionarios, “para que la clase obrera se transforme en clase revolucionaria requiere de fusionarse con la teoría revolucionaria. Pero esa teoría no siempre proviene de la clase obrera, viene, por lo general, de la intelectualidad” (Contreras, 1989a, p. 16).

En base a esta premisa y a la crítica del concepto de Partido revolucionario, donde aparece la necesidad de renovar al PC y transformarlo en un ‘intelectual colectivo’, rompiendo la falsa división del trabajo orgánico. Contreras concluía que se necesitaba “hacer extensivo el criterio de intelectualidad a toda la militancia revolucionaria, en primer lugar a los elementos más destacados de la clase obrera” (Contreras, 1989a, p. 17). De allí, que afirmara que con esto se “recupera para la organización partidaria la capacidad de imaginar y hacer la revolución. Pero esto también está íntimamente vinculado a la idea de la soberanía partidaria, a la expresión de la voluntad colectiva del partido en la base u en los diversos órganos de dirección partidaria” (Contreras, 1989a, p. 17). Entendiéndose al centralismo-democrático como la manera de articular, lo que Contreras denomina, la “cultura de la polémica” que supera e integra “la necesidad de marchar unidos como un solo hombre, lleno de fuerza moral y abnegación; pero sobre la base del hecho opuesto. Sobre la base de la más desplegable capacidad colectiva de creación y discusión interna” (Contreras, 1989a, p. 17). Esto permitiría un clima ideológico y una “discusión colectiva en medio y a propósito del movimiento real de la política” (Contreras, 1989a, p. 17).

Este mismo análisis, lo sintetizaba Álvaro Palacios, al afirmar que “el partido de la revolución: un dato histórico en construcción, permeable, conectado por su misma función, con el movimiento total de la cultura, la ideología, las creencias del pueblo. Su propia práctica lo impulsa al requisito del saber colectivo superior” (Palacios, 1989, p. 27). Es más,  para Palacios, el Partido al ser una construcción histórica y colectiva, en el que se dan “conflictos del proceso de conocimiento (que) no son vividos en un partido como conflictos individuales, sino como contradicciones del colectivo (…) se expresa concretamente la contradicción entre ciencia en construcción y los niveles del conocimiento social y clasista” (Palacios, 1989, p. 27). Por lo tanto, “la creación intelectual y política marxista es realizada, además, desde el partido y no para el partido. La creación teórica es un resultado de la polémica interna y ‘externa’ que vive todo el partido” (Palacios, 1989, p. 27). Contrariamente a las características “tradicionales” de las organizaciones revolucionarias, Palacios concebía que en el Partido no debía existir un “enfoque teórico oficial de antemano. Así tampoco censura. Lo aceptado o lo rechazado es el resultado de la lucha ideológica. Su formalización en posición de partido pasa por los mismos mecanismos y procesos –cuando el problema en litigio compromete la actividad política- al igual que toda otra decisión política” (Palacios, 1989, p. 27). De este modo, “el acuerdo consciente entre los individuos puede permitir organizar tal proceso mediante normas de conducta social dentro del partido que posibiliten el movimiento de la contradicción y no el decreto de supresión de las diversidades por lo demás impotente” (Palacios, 1989, p. 27). Por todo lo anterior, para Palacios era claro: “el desafío es el de pensar y actuar. Se puede actuar unitariamente. Se debe actuar unitariamente….Existe una concepción intelectual teórica común, también un método teórico común y por sobre todo un propósito común. El desafío es pensar y actuar en una realidad concreta y total. Aquí está el centro del conflicto entre teoría y práctica” (Palacios, 1989, p. 27).

Como vemos, los “Renovadores Revolucionarios” proponían crear un Partido orgánicamente democrático, donde su militancia se asumiera como “intelectual colectivo”, articulada en base a una “cultura política” polémica y crítica, en detrimento del tradicional “verticalismo” y “monolitismo” comunista.

c) Profundizar la transición hacia un socialismo democrático y pluralista

En base a estos dos elementos, el tercer eje que desarrollaron fue la cuestión del proyecto social al cual dirigir la acción partidaria. El economista Leonardo Navarro, pretendió analizar “algunos elementos de la experiencia histórica de la construcción del socialismo para tratar de extraer de allí algunas ideas respecto a nuestra visión de la sociedad futura” (Navarro, 1989, p. 33). Este punto era cardinal para él, pues concebía que “incluso un programa inmediato de transición a la democracia deb(ía) contener elementos que (fueran) desarrollando esta perspectiva, en una profunda interrelación” (Navarro, 1989, p. 33). Es decir, planteaba la unidad entre la lucha por la democratización del país con los elementos proyectuales estratégicos del PC. Por esto, creemos que detrás de esta idea estaba la concepción del cambio ininterrumpido, la cual tenía clara relación con la concepción dialéctica del cambio social entre continuidad-ruptura sobre el cual reflexionaran Samaniego y Palacios anteriormente.

Por ello, sus análisis indagaban sobre las experiencias de los “socialismos reales” y las alternativas de desarrollo que se dieron en él, así como el fenómeno revolucionario de la Unidad Popular; pero tomándolas sólo fuentes de aprendizaje que sirvieran para elaborar una alternativa proyectual a las características del sistema capitalista de fines de 1989.

Este esfuerzo teórico que realizó el economista, concluía en términos generales que “no se cuenta con una teoría científica acerca de la ‘economía socialista’ como estado transitorio, con una Economía Política del socialismo realmente científica” (Navarro, 1989, p. 34). Es más, para Navarro 

Lo que hoy existe y se denomina ‘Economía Política del Socialismo’, no es tal:
- a nivel de las leyes y categoría esenciales, constituye un cuerpo puramente normativo, del ‘debe ser’.
- a nivel de movimiento, de las mediaciones entre la esencia y sus formas adecuadas de movimiento, se ha limitado simplemente a describir lo existente, a elevar lo que se dio en la práctica concreta de la URSS, al estado de leyes universales (Navarro, 1989, p. 34)

En la misma lógica, Navarro enfatizaba su crítica a lo que denominaba como una “falsa economía política del socialismo”, puesto que había sido extraída de:

la opción tomada a partir de los año 20, profundamente deformada y perversa, y esto no sólo en su concepciones económicas; sino en la concepción global del socialismo, significó desarrollar un ‘modelo’ que contenía ya, desde sus inicios, y más allá de los éxitos tempranos, los elementos de su fracaso: en cierto sentido se podría decir que el éxito de los planes quinquenales fue al mismo tiempo su fracaso (Navarro, 1989, p. 35).

Vista así, la crisis que vivía el sistema soviético desbordaba lo meramente económico y lo envolvía en su conjunto, puesto que contenía contradicciones intrínsecas que no se previeron, y terminaron por deformarlo, generando un “modelo” que no era socialista. Para Navarro, esto se expresó en cuestiones que frenaron el desarrollo de las Fuerzas Productivas y que trajeron negativas consecuencias en las relaciones sociales de producción de la URSS. Ante este panorama, el diagnóstico para Navarro era claro: bajo la “falsa” economía política “socialista”

no se ha avanzado hacia el cambio en la tecnología de base del desarrollo de la humanidad, hasta ahora depredadora de la naturaleza, no se ha avanzado en la perspectiva de una tecnología que ponga al hombre y su medio natural en el centro de las preocupaciones y no, como en el capitalismo, las distintas formas de apropiación privada del excedente” (Navarro, 1989, p. 35).

De igual forma, hacía un análisis crítico sobre la experiencia de la UP. Planteando que “pueden observarse errores de concepción de naturaleza muy similar” (Navarro, 1989, p. 36). Es decir, el programa de la Unidad Popular tenía errores en sus fundamentos, dentro de los que Navarro destacaba: a) no considerar las leyes objetivas del desarrollo capitalista; b) desconocer la preeminencia de lo político sobre lo económico; c) no entender a lo económico en el proceso de transición, como un escenario de la lucha de clases donde se debe acumular fuerzas para transformar y transformar para acumular fuerzas, “sin falsas dicotomías”; d) la visión ‘mecanicista’ y evolucionista de las relaciones de fuerza y relaciones sociales de producción; y e) no comprender el rol de la crisis como proceso destructor pero también reconstructor del capitalismo (Navarro, 1989, p. 36).

Estas concepciones, también se manifestaron en los análisis del PC a cerca de la Dictadura Militar. El economista ejemplificaba:

*en los primeros años tras el golpe: el modelo se cae por su propia perversidad.
* 1982: no comprensión del carácter cíclico de la crisis del modelo,
*1986 en adelante: las dificultades para caracterizar correctamente el período como de recuperación cíclica y consolidación relativa del modelo,
*hoy: la conclusión mecánica de la inviabilidad de un proyecto reformista gran burgués (Navarro, 1989, p. 36).

Así, al igual que Samaniego, Contreras y Palacios, la superación de los problemas de la humanidad, planteados desde una perspectiva de izquierda renovada y revolucionaria, debían tener como objetivo central construir “una base técnico-material que posibilite una relación del hombre con la naturaleza esencialmente diferente y, por tanto, una relación del hombre con los demás y consigo mismo, también radicalmente distinta. En suma, una base técnico-material que posibilite un trabajo no enajenado” (Navarro, 1989, p. 34). Esta tesis sobre la “renovación” que sostenía Navarro, a diferencia de la aplicada en algunas organizaciones socialistas, no debía perder su horizonte revolucionario de superación de las relaciones sociales de producción capitalista, sino que por el contrario replanteaba al proyecto socialista. De allí, que las experiencias socialistas, de la URSS y la UP, así como también de otras latitudes, además de la re-estructuración capitalista que operaba, debía conducir a una “síntesis de todo ello” que “orientará en la construcción de nuestro propio proyecto para pensar o imaginar el Chile del siglo XXI” (Navarro, 1989, p. 36), como afirmaba.

Desde esta perspectiva, rescataba los aportes de la NEP de Lenin, que para Navarro había sido un “programa para llevar adelante un amplio proyecto socio-económico socialista y la creación de métodos de gestión adecuados a dicho programa y a la plasmación real del ‘ideal socialista’” (Navarro, 1989, p. 36), pero además “la definición de un rol inédito de la relación Partido-masa-Estado, que imprim(ía) a la maquinaria estatal un contenido revolucionario y antiburocrático”, (Navarro, 1989, p. 36) que llevaba a re-considerar “los cambios que debe experimentar el Partido en relación con su propia teoría y práctica organizativa, métodos de trabajo, deberes y responsabilidades de los dirigentes” (Navarro, 1989, p. 36).

Teniendo esta premisa, esbozaba algunos elementos generales para debatir sobre un proyecto social alternativo al capitalismo. Afirmando que el socialismo “en esencia, se trata(ba) de una profunda y real democracia económica, que requiere para su desarrollo de una igualmente profunda y real democratización de toda la vida social. Sólo ello permite situar al hombre en el centro de las decisiones económicas y es éste el criterio definitivo, esencial del socialismo” (Navarro, 1989, p. 36). De tal modo, sin dejar el proyecto socialista por uno socialdemócrata, re-conceptualizaba al socialismo como un sistema que debe poner la voluntad humana en las decisiones económicas como su eje central, por lo que la democracia política, cultural y social eran vitales para desarrollar, a su vez, un proceso democratizador de la economía de un país.

Sobre el debate entre mercado y planificación en una economía socialista, establecía que la proporción de cada uno se definiría en cuanto a “lo que sea necesario y eficiente, pero hasta el punto límite en que no se sustituya la ‘lógica del hombre’ por la ‘lógica de la ganancia’. Y ello sólo es posible con una amplia participación e integración social” (Navarro, 1989, p. 36). Lo que se expresaría en “el pluralismo en las formas de propiedad, los nuevos métodos participativos de gestión y la planificación centralizada, para definir la interrelación dialéctica entre planificación y mercado, como también la relación del desarrollo de las Fuerzas Productivas orientadas al hombre” (Navarro, 1989, p. 36).

Para finalizar sus planteamientos, el economista concluía que en base a estas discusiones el Partido se tenía que posicionar en el proceso de transición a la democracia. En efecto, según Navarro “el programa económico debe tener también como eje central la profundización de la democracia, el pluralismo, la participación y la integración social” (Navarro, 1989, p. 36). Éste debía estar “orientado a la profundización de la democracia y la acumulación de fuerzas, a la construcción del sujeto social histórico, en la perspectiva del socialismo” (Navarro, 1989, p. 36). Por lo mismo, tenía que “levantarse también en el terreno económico la cuestión central: la de la democracia económica, lo cual implica no sólo democratizar el uso del excedente creado por todos los chilenos, sino la estructuración de una economía pluralista, participativa e integradora, y ello, evidentemente, significa la soberanía económica nacional y popular” (Navarro, 1989, p. 36). De esta manera, evidenciaba la primacía de la voluntad política de profundizar la democracia como objetivo central, el cual se traducía en el ámbito económico, puesto que ambos elementos eran los principales pilares en la concepción de socialismo que proponía. Por tanto la lucha por la democracia se unificaba en un mismo proceso interrumpido e indiferenciado con el socialismo. De allí que se apuntara a poner como horizonte principal la superación de las relaciones sociales de producción capitalista, por uno socialista democrático, que tuviera como centro de su desarrollo a los hombres y no la acumulación de capital. Esto ponía en debate la cuestión de la estrategia y táctica revolucionaria.

d) Una flexible estrategia y táctica revolucionaria

Manuel Fernando Contreras fue quien buscó plasmar en el plano de la política contingente los postulados que hemos venido esbozando. Fue en la dimensión política estratégica donde la perspectiva revolucionaria de la “renovación” adquirió sentido y se diferenció de las otras que se dieron en la izquierda chilena, producto de su teoría del cambio social. 

El sociólogo comunista partía realizando un balance sobre la PRPM: “en todo este período y en particular con los acontecimiento de 1986 pusieron en evidencia importantes insuficiencias en la elaboración teórico-científica de parte de las fuerzas revolucionarias” (Contreras, 1989b, p. 118), lo cual era “en definitiva, falta de una visión más profunda respecto de la necesaria crisis de situación revolucionaria y la naturaleza de las exigencias que ella plantea(ba) a las fuerzas dirigentes” (Contreras, 1989b, p. 118). Esto provocó que “el régimen, con la ayuda decisiva de la administración norteamericana, logró imponer el escenario que predomina(ba) hasta hoy (1989); aprovechó a su favor las vacilaciones de la oposición de ‘centro’ y de la ‘izquierda renovada’ y también los errores e insuficiencias de la izquierda más radicalizada” (Contreras, 1989b, p. 118). De tal manera, si bien el itinerario plebiscitario se instaló

de parte de la izquierda más radical, en particular el PC, existió la disposición de no dar por agotada de buenas a primeras la posibilidad de remontar un movimiento rupturista de masas al margen del plebiscito que, a la vez, paralizara la tendencia del ‘centro’ y de la ‘izquierda renovada’ a dar una solución burguesa y ‘desde arriba’ a la crisis….No obstante, el viraje producido ya se había consolidado a inicio de 1988…En estas circunstancias se trataba de ganar el tiempo perdido y dar a la lucha electoral un carácter que rebasara los meros marcos electorales. Rompiendo esquemas, la lucha de masas se impuso durante la coyuntura del plebiscito y le imprimió su sello, adquiriendo magnitudes sólo comparables con el ciclo anterior de movilización de masas (Contreras, 1989b, p. 120).

En efecto, para el sociólogo, el desarrollo de los acontecimientos políticos que detallaba, habrían sido definidos por el camino optado por las masas. Por tanto, el objetivo central de la Rebelión Popular era ganarse la legitimidad de las masas, siendo ellas las que imprimirían su propio sello a las distintas formas de lucha, de acuerdo a su estado de ánimo combativo, para resolver la contradicción estratégica del período: dictadura o democracia.

Desde estas premisas, para el entonces Director del CISPO, se podía abrir un amplio abanico de posibilidades para resolver la disyuntiva antes dicha:

‘desde arriba’, vía acuerdo entre el nuevo gobierno y los mandos de las FF.AA. (esta alternativa puede consultar la variante de utilizar a su favor la presión
democratizadora desde la base social); o ‘desde abajo’ sobre la base de alguna forma de levantamiento o rebelión popular de las masas que lleva la crisis de la institucionalidad fascista y de las FF.AA. hasta el final, desentrampando al gobierno democrático burgués o dando lugar a otro nuevo de carácter democrático popular (Contreras, 1989b, p. 136).

Todo lo cual hacía aparecer la gran crítica teórica de los “renovadores” a la izquierda chilena: “en tal sentido se trata de superar viejos conceptos” (Contreras, 1989b, p. 136), que debían

alojarse en un sentido más global de construcción del sujeto social histórico de la democracia. Este reúne no sólo a las fuerzas más dinámica de la vida productiva del país y a los más resueltos luchadores por la democracia, sino que asume a estos nuevos sectores como los que, bajo una pluralidad de intereses y percepciones van creando una nueva cultura y un nuevo sentido ético de carácter nacional (Contreras, 1989b, p. 136).

Esto se enlazaba con la hipótesis central de la “Renovación Revolucionaria”: “exige, además, nuevas nociones respecto de partido, de socialismo y de democracia y una visión más atenta e integradora de la situación política y de los nuevos procesos mundiales” (Contreras, 1989b, p. 136). Por esto, la necesidad de la “renovación” no era una mera cuestión teórica y orgánica para el PC, sino que era una problemática política estratégica para las fuerzas revolucionarias, que tendría fuertes repercusiones sobre todo orden del quehacer práctico de la colectividad.

Esto manifiesta claramente que el pensamiento teórico-político de los “Renovadores Revolucionarios”, buscaba enlazar las luchas democráticas con las perspectivas socialistas. Por ende, esta lógica estratégica no estaba circunscrita a la “vía armada” o a las “formas violentas” de lucha contra el régimen, sino que por el contrario, podía adquirir distintas expresiones y vías. Por esto, tácticamente en 1989, para Contreras:

lo principal será dar continuidad a una nueva derrota electoral y política del régimen. Lo que permitirá rebasar el ‘simple festejo popular’ será la capacidad de las mayorías sociales de unir la defensa del veredicto popular y la asunción del nuevo gobierno democrático y del parlamento, con la movilización en contra del marco de hierro de la Constitución (Contreras, 1989b, p. 135).

Era la movilización social en contra de la Dictadura y su institucionalidad, la forma principal de manifestarse de la Rebelión Popular, la cual podía adquirir distintas maneras, tanto pacíficas como violentas. Sin embargo, esto le planteaba al PC “la necesidad imperiosa de ampliar las alianzas política de fuerzas a favor de la democracia (toda la izquierda y nuevas vinculaciones con la Concertación Democrática), pero sobre todo dar lugar a nuevas alianzas sociales” (Contreras, 1989b, p. 136).

En síntesis, se puede advertir que el nivel de participación de las masas, así como la orientación que siguieran los partidos políticos, serían los elementos que definirían los métodos de lucha y el carácter de la democratización del país desde 1990 en adelante. Si bien, tácticamente la democratización podía iniciarse a través de acuerdos políticos cupulares o mediante un levantamiento generalizado del pueblo, la centralidad estratégica era construir una hegemonía social y política que profundizara la transición democrática del país. Pero el camino que siguieran las fuerzas democráticas y populares, debía contemplar todos los escenarios posibles, articulando la dialéctica continuidad-ruptura en la transformación social, vale decir, en el proceso revolucionario. Esto nos permite concluir que: por un lado, proponían una estrategia y táctica política flexible para democratizar al país y profundizar un proceso revolucionario con perspectiva al socialismo; y, complementariamente, buscaban superar la tradicional visión unívocamente “etapista” del PC hasta 1973 sobre el desarrollo político, estableciendo distintos escenarios para la lucha revolucionaria, ante los cuales el partido debía preparase para actuar en todos ellos. 

4. Conclusiones

Contrariamente a la tradicional tesis de la “ortodoxia” ideológica comunista durante los ’80 (Corvalán, 2000) y ’90 (Riquelme, 2009), que ha instalado cierta historiografía, en las páginas anteriores, analizamos las ideas de cinco intelectuales comunistas, para verificar en qué medida la cuestión de la “Renovación” en el PC fue un tema importante hacia 1989. Pudimos demostrar que efectivamente este fue un tema central para buena parte de su militancia, es más, un sector de ella, hizo el esfuerzo teórico y político para elaborar una alternativa que renovara a la colectividad pero sin perder su horizonte proyectual revolucionario.

A diferencia de la “renovación” que hegemonizaba a la izquierda no-comunista, en el PC se buscó desarrollar una “renovación revolucionaria” de la colectividad. Esta se tradujo en un profundo análisis crítico y reformulación de los conceptos de marxismo, Partido, Socialismo y la estrategia política por elaborar en las fuerzas de izquierda. En tal perspectiva, cuestionaron los principales elementos identitarios que sostenían aquella cultura política comunista con un carácter “creyente”, (Álvarez, 2007, p. 421) y que se expresaba, a su juicio, en la asimilación de un marxismo-escatológico, la falta de democracia interna de la organización y el apoyo irrestricto a los proyectos de corte “socialista real” a nivel mundial. Todos, fenómenos insuficientemente superados hacia 1989, según los “Renovadores Revolucionarios”. Ante ello, levantaron como propuesta una cultura política comunista basada en la polémica, con un marxismo entendido como teoría para la acción, el cual encontraba sus fuentes de aprendizaje tanto en la teoría como en la práctica histórica del movimiento revolucionario popular a escala mundial, haciéndose cargo de los aciertos y errores de éste; y ponían a la dialéctica, basada en los conceptos de continuidad, ruptura y superación, en el centro de sus análisis políticos y sociales. En base a esto, el Partido debía apuntar a ser un verdadero intelectual colectivo, sin dogmas en su interior, el cual se sostuviera en el debate democrático y no en métodos autoritarios de resolución de sus contradicciones.

Para ellos, sólo impulsando esta  versión de “renovación” se podría utilizar toda la potencialidad intelectual incubada en la militancia comunista, para poder construir un proyecto social acorde a las necesidades de la sociedad contemporánea, que no fuera ni calco y ni copia de otros procesos históricos anteriores o paralelos, sino que fuera racionalmente elaborado mediante un análisis marxista; que tuviera como principales horizontes socialistas la superación de las relaciones sociales capitalistas y pusiera al hombre como eje del desarrollo social, lo cual sólo se podría lograr con la democratización de todas las esferas de la sociedad. Esto debía ser acompañado de una estrategia política flexible que ponía el acento en el trabajo político de masas para construir una hegemonía social y política, pero que a diferencia de épocas anteriores, no censuraba ninguna forma de lucha, las cuales estarían condicionadas por el contexto histórico y del estado de ánimo de los sectores democráticos. De allí, se iría perfilando la compleja articulación de la estrategia y táctica revolucionaria, posibilitando un proceso de transformación interrelacionado entre democracia y socialismo, el cual contemplara una posible ruptura revolucionaria que lo acelerara y diera un salto cualitativo entre uno y otro momento.

Ahora bien, para poder materializar todo esto, el Partido debía pasar por una “renovación” interna, la cual tenía como objetivo darle un nuevo impulso al movimiento revolucionario chileno. Es así que estos intelectuales buscaron emprender la “Renovación Revolucionaria” en el PC, ideas que defendieron profundamente en el XV Congreso y que si bien tuvieron una gran aceptación en él, durante los meses posteriores a este evento, tuvieron grandes diferencias con la mayoría de la Dirección de la colectividad encabezada por Volodia Teitelboim y liderada por Gladys Marín. Esto por cuanto concebían distintas manera de cómo llevar adelante la “renovación”. En efecto, nadie del PC en la coyuntura 1989 y 1990 negó la necesidad de remozar la colectividad, es más, todos la aceptaron, transformándose la “renovación revolucionaria” en una consigna levantada por todos. Las diferencias estuvieron en cuanto al nivel de profundidad y velocidad en cómo llevar adelante este proceso, donde la Dirección buscó llevarlo gradual e institucionalmente, a diferencia de los “Renovadores Revolucionarios” que impulsaron una versión radical, rupturista a través de un “salto cualitativo” de este proceso. De allí, que ambos sectores entraran en una disputa por la hegemonía del Partido, para impulsar la “Renovación” de la organización en los términos que cada cual estimaba conveniente. Este será el núcleo de las disputas del PC durante 1990, lo cual, paradójicamente, terminará en la derrota y migración de los “Renovadores”[8]. Así queda como interrogante, si efectivamente el PC vivió un proceso de “renovación revolucionario” en la magnitud que pretendían sus principales promotores, siendo que estos salieron de la colectividad. Pero esto es ya otra historia que desentrañar.

Bibliografía

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[*] Este trabajo es parte de la tesis de pregrado del autor. Véase Ponce (2012)
[**] Licenciado en Historia y Ciencias Sociales. Licenciado en Educación por la Universidad de Valparaíso. jose.ponce.lopez@gmail.com
[1] Reformas políticas iniciadas por Mijail Gorbachov en la URSS desde 1985 hasta 1990. Ambas partían de la supuesta posibilidad de reformar desde dentro el sistema soviético para establecer un modelo moderno de socialismo. Véase Gorbachov (1987, 98). Como sostiene Hobsbawm, la Glasnot era un programa mucho más específico que la Perestroika, ya que se enfocaba en la instauración de un Estado constitucional. Mientras la segunda buscaba una reforma general y radical del sistema soviético, que tenía como pilares principales su democratización y re-estructuración global. Véase Hobsbawm (2007, 474).
[2] Véase en profundidad la tesis de José Ponce (2012, 101-137).
[3] Existe una amplia bibliografía referida a este proceso, en lo historiográfico propiamente tal, podemos encontrar lo esbozado en Corvalán (2002) y Moyano (s/rf.)
[4] Véase en profundidad José Ponce (2012, pp. 57-100).
[5] “Entendemos por mapa mental la forma que tienen los sujetos de representar una determina realidad social para hacerla inteligible en los tres tiempos históricos…En dichos mapas se encontrarán los horizontes de lo político (los límites geográficos entre lo que se considera político o no lo es), las utopías, los anhelos, el poder y las relaciones sociales dentro del mismo. También, la manera de simbolizar y de textualizar las acciones con sus significados y los modos de nominar el orden social” (Moyano, 2009, pp. 52-53).
[6] Entendemos por cultura política “conjunto de conocimientos, creencias, y valores y actitudes que permiten a los individuos dar sentido a la experiencia rutinaria de sus relaciones con el poder que los gobierna, así como también con los grupos que le sirven como referencia identitaria” (Giménez, s/rf, 110).
[7] Estructura inicial que se dedicó al trabajo político-militar en el PC durante los ´80. Esta tenía como objetivo acciones de tipo sicológicos para levantar el estado de ánimo de lucha de los sectores populares (Bravo, 2010, 189).
[8] Véase en profundidad: Álvarez (2007)y Ponce (2012).